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A saltos de invierno

A saltos de invierno

Noviembre de 1986-Marzo de 1987 55 minute read

Prólogo

El 23 de enero de 1987 se celebró en Madrid la que sigue siendo todavía hoy la manifestación estudiantil más numerosa de la historia de España. Más de 200.000 estudiantes acudieron ante las puertas del Ministerio de Educación en la calle Alcalá 34 de Madrid para reclamar el fin de la selectividad y la derogación de las tasas universitarias; es decir, las reivindicaciones históricas del movimiento estudiantil. La jornada se saldó con fuertes enfrentamientos entre la Policía y los manifestantes, como consecuencia de los cuales fue herida de bala una joven estudiante de Vallecas, Maria Luisa Prado. Presionado por las circunstancias y el éxito de la manifestación, el ministro aceptó recibir personalmente a los estudiantes para abrir una negociación formal. Sentar en una mesa a todo un ministro fue un éxito sin precedentes del movimiento estudiantil español que jamás se había producido y que, de hecho, desde entonces, no se ha vuelto a repetir. Yo tuve el privilegio de formar parte de aquella comisión de estudiantes que fue recibida por el ministro de Educación, José María Maravall y por su secretario de Estado, José Antonio Pérez Rubalcaba.

Hace ya treinta años que participé en aquellas luchas estudiantiles de 1986. Tres décadas son diez mil días y lógicamente, en un lapso de tiempo tan amplio, hay espacio para que se sucedan muchos acontecimientos, para que se transformen muchas cosas; pero, sobre todo, hay mucho tiempo para que cambien las personas. Cada ser humano actual vive con suficiente vigor y conciencia en torno a setenta años, así que para cualquier persona, treinta años son media vida. Cuando se trata, como en mi caso, de los años que van desde los veinte hasta los cincuenta, no cabe duda de que en ese periodo se suceden los acontecimientos decisivos que conforman por norma general la vida de cualquier ser humano. Y, efectivamente, yo he cambiado mucho desde la figura del joven que veréis en las páginas que siguen. Hoy, quizá afortunadamente o desgraciadamente, pero sí inevitablemente, soy otro muy distinto. Mis manos y mi cara ya no son las  que eran. Tampoco tengo los mismos ingresos, ni vivo en la misma casa, ni acudo a los lugares que frecuentaba entonces. Como consecuencia de todo esto, mis sentimientos, mis creencias y mis pensamientos se han transfigurado notablemente y eso quiere decir que el relato que haré estará condicionado por mi pasado, pero también por mi presente, pues es desde la óptica actual desde la que relataré aquellos años de mi vida. Explico mi pasado desde el resultado de mi propia evolución y crecimiento como ser humano, desde la juventud hasta la pretendida madurez en que hoy me hallo.

Sin embargo, contrariamente a las personas, las sociedades e instituciones que formamos pueden durar décadas, siglos o incluso milenios. Sus estructuras son como piedras que levantamos en un momento histórico determinado y el paso del tiempo las va erosionando lentamente, modificando poco a poco sus rasgos originales. ¿Qué son cien años para la Iglesia Católica? ¿Qué son treinta años para España? Tres décadas para las instituciones humanas no suponen, obligatoriamente, un salto temporal decisivo. En este sentido, la España de 1986 mantiene muchos de sus componentes en la actualidad y eso, precisamente, es lo que permite que mi obra pueda ser entendida y sentida por las nuevas generaciones, aquellos que eran niños o ni siquiera habían nacido cuando los hechos que aquí se narran sucedieron. Tampoco ha cambiado en sus aspectos básicos el Sindicato de Estudiantes, que surgió en 1986, hace treinta años, y en cuya formación y espectacular desarrollo inicial yo participé de forma intensa y con todas mis fuerzas. Estamos en 2016 y el Sindicato de Estudiantes sigue existiendo hoy manteniendo casi los mismos postulados. “Ni tasas, ni selectividad: el hijo del obrero a la universidad.”

Tan solo en contadas ocasiones asistimos a acontecimientos que modifican de forma fulgurante y decisiva las sociedades e instituciones. Son las llamadas revoluciones, que son períodos excepcionales en la historia; acontecimientos traumáticos y violentos, que pueden finalizar con la quiebra de las instituciones anteriores y culminar con el nacimiento de otras nuevas.

Para las personas, la huella que deja el paso del tiempo es distinta. Cada generación, cada grupo de personas que comparten un mismo espacio temporal y, por tanto, unas mismas experiencias y una forma de interpretar la realidad, sufre al menos un acontecimiento decisivo, que condiciona toda su existencia posterior. La terrible guerra civil, la dura posguerra, la lucha contra el franquismo, la transición o, más cercanamente el 15-M, son ese tipo de acontecimientos que consigan o no  imponer un cambio del sistema político, marcan de forma indeleble a quienes participan en ellos, convirtiéndose en los hitos fundamentales, en las atalayas desde las que sus participantes contemplan la vida.

Y ese hito, para una parte de los nacidos entre 1964 y 1971, las fronteras que marcan mi generación, fueron las luchas estudiantiles que se desarrollaron entre noviembre de 1986 y marzo de 1987. Cinco meses intensos, trepidantes, que sacudieron mi vida. Aquellas movilizaciones supusieron para algunos de nosotros y singularmente para mí una revolución en miniatura. No cambiamos el mundo, pero aquellas movilizaciones sí cambiaron mi vida. Yo aprendí entonces la importancia de la disciplina, de la organización, la fuerza que cobran los movimientos humanos una vez que son lanzados, muchas veces independiente de los deseos de sus impulsores. También aprendí mucho sobre la naturaleza jerárquica de los grupos humanos y por ello, de la importancia de los dirigentes, del poder de la palabra y de la enorme fuerza de la voluntad.

Y como creo que se pueden trazar bastantes paralelismos entre aquella situación y la que vivimos actualmente y que mis hechos pueden alumbrar, aunque sea tibiamente, a las futuras generaciones, me he decidido a contar, como unas memorias, mis vivencias de aquellos meses en la esperanza de que haya quienes tengan a bien recoger mis palabras y aventarlas para que se extiendan por los confines de esta España, que tanto nos duele y tan desesperadamente amamos todos los españoles.

Antes de pasar a los hechos, quiero avisar de una cuestión muy importante. Este no es un libro realizado por un historiador, sino unas memorias de un escritor frustrado. Me sirvo para construir mi obra de mis dietarios de aquellos días, donde indicaba a dónde iba en cada jornada, de mis notas y de la prensa del momento. Y sobre todo, de mi memoria. Como sabemos, la memoria es traicionera y eso quiere decir que mi relato puede fácilmente incurrir en incorrecciones en cuanto a los detalles. Sin embargo, yo quiero hacer un monumento a la verdad que viví y pondré toda la honestidad en contar las cosas tal y como las recuerdo, lo que desde luego no quiere decir, en ningún caso, que fueran exactamente así.

Muchas gracias a todos los que participen de esta historia.

Jerez, 12 de enero de 2017.

Las manifestaciones en televisión

Capítulo 1 Un niño politizado

Madrid, 10 de noviembre de 1986.

El día 10 de noviembre de 1986, yo estaba junto a Juan Ignacio Ramos (compañero mío de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM y líder del Sindicato de Estudiantes), a Ulises Benito (estudiante del Instituto Fortuny) y algún otro compañero más en la glorieta del Arco del Triunfo en Madrid, portando unos panfletos, unas hojas para apuntar direcciones, una hucha para pedir dinero y un megáfono para dirigirnos a los dos centenares de personas que esperábamos que acudieran allí. Precisamente porque no esperábamos una gran afluencia de manifestantes, hablamos pedido permiso a la Delegación del Gobierno para concentrarnos dentro de la propia glorieta, cercana al Palacio de la Moncloa. Yo personalmente no esperaba la asistencia de más de cien o doscientas personas. Sin embargo, un poco antes de que llegase la hora, empezamos a ver grupos de jóvenes que se acercaban alegremente hacia donde estábamos nosotros. Yo me quedé asombrado. Me acuerdo de que Juan Ignacio Ramos me dijo, con el megáfono en la mano; “Si vienen más de dos mil personas, convocamos otra huelga.”

Yo asistía estupefacto a la llegada de más y más gente, Aquello parecía increíble. Nos rodeaban ya centenares de personas. No dábamos abasto repartiendo panfletos. Ya no cabíamos en la plaza y los estudiantes se desbordaban por las aceras obstruyendo el tráfico. En quince minutos se habían concentrado allí miles de personas, calculo que unas cuatro o cinco mil. Habían comenzado las movilizaciones estudiantiles más importantes de la historia de España y yo estaba allí participando como dirigente de todo aquello sin acabarme de creer lo que sucedía ni de asumir el papel que se me estaba reservando en aquel tinglado. Para un chaval de barrio que poco tiempo atrás no se preocupaba más que de salir de su turbuenta adolescencia, aquello era demasiado. Estaba impresionado. ¿Cómo era posible que yo estuviera allí en vez de en mi clase de Literatura del Siglo de Oro en la Universidad Autónoma de Madrid? La respuesta, como casi siempre, has que buscarla en el pasado de cada persona.

El Colegio Siglo XXI, una iniciativa comunista

Yo me eduqué en el  Colegio Siglo XXI, del barrio de Moratalaz en Madrid, entre 1970 y 1980. Para quién viviera aquellos tiempos, tuviese inquietudes pedagógicas y fuera militante de alguna organización política comunista, no hacía falta decir nada más. Para aquellos que no participan de alguna de las tres circunstancias anteriores, valgan los siguientes párrafos.

Anuncio promocional del Colegio Siglo XXI

El Colegio Siglo XXI o Cooperativa COIS fue creado en 1969 por un grupo de padres de mi barrio vinculados a la Parroquia de la Visitación de Nuestra Señora. Cristianos con inquietudes sociales que fueron alentados por el cura de la parroquia, Mariano García del Olmo, para crear una cooperativa con la finalidad de crear un centro donde escolarizar a sus hijos, pues no había colegios públicos en el barrio. Seguramente, si el Ayuntamiento de Madrid hubiera reservado en su plan de urbanismo una zona para crear un colegio público cerca de mi casa, mi vida habría sido otra. Pero el Ayuntamiento no lo hizo; y de esta manera, Mariano, el cura comunista (que luego sería mi tutor) pudo animar a sus feligreses a que montaran la cooperativa de enseñanza COIS (Cooperativa de los polígonos I y S). Como supe bastante después al contármelo Jesus Martínez Sánchez (líder de CCOO-Educación y del PCE de la época), la formación de cooperativas de todo tipo era una estrategia del PCE para ganar influencia entre las masas aprovechando los resquicios que les dejaba el franquismo. Hay que reconocer que aquellos comunistas lo hicieron fenomenal, porque al crear la cooperativa COIS consiguieron difundir y captar para su ideología a muchos niños de mi barrio,  dirigiendo además de forma soterrada los actos de muchas personas más que no sabían que quien estaba detrás de todo aquello era en realidad el temible Partido Comunista. Es más, creo que muchos de los padres que dieron su tiempo y arriesgaron sus casas para conseguir los créditos del proyecto no fueron conscientes de que aquella idea que ellos abrazaron había surgido en las reuniones clandestinas del PCE. Mi padre, que iba a esa parroquia los domingos a misa, firmó en una mesa que habían puesto en la puerta apuntándose así (y con él a mí y a mis hermanos) a aquella aventura. Al otro lado de la mesa estaban los padres de algunos de mis amigos, y muy especialmente, Santiago Baña, que luego sería destacado militante del PSOE y director de la Fundación Juan March. Fueron estos padres quienes en la práctica soportaron personalmente los costes de la creación del centro, hasta el punto de que pusieron sus propias viviendas como aval de los créditos para crear el colegio Siglo XXI .

Al principio de ser escolarizado, como niño de cuatro o cinco años, me parecían normales las cosas que allí pasaban; pero a los siete u ocho años comencé a comprender que mi colegio era diferente de todos los demás. En el Siglo XXI ni se iba de uniforme, ni se cantaba el Cara al sol, ni hacíamos filas para entrar en clase, ni nos llamaban por el apellido, ni los alumnos llamaban a los profesores de usted. Era un enfoque pedagógico totalmente diferente, basado en las tradiciones de la Institución Libre de Enseñanza y en los métodos de pedagogos como Piaget. Trabajábamos por grupos y los profesores mantenían con nosotros un trato cercano y amistoso. Nos divertíamos mientras aprendíamos. Como casi todos mis compañeros de  la clase, crecí convencido de que iba al mejor colegio del mundo. Ahora ya no creo que fuera el mejor; pero, desde luego, era totalmente distinto a los demás colegios de la época y estaba a la vanguardia educativa progresista. De hecho, muchos de sus postulados pedagógicos se implantaron, con escasa fortuna, eso sí, en la LOGSE. Y de hecho también, mi tutor en 8º EGB, Alejandro Tiana Ferrer (nieto del fundador de la Escuela Moderna Francisco Ferrer Guardia, fusilado tras la Semana Trágica de Barcelona) realizó una brillante carrera política, pues fue Director General de Evalución con Felipe González y llegó a ser Secretario de Educación en el Gobierno de  Rodríguez Zapatero.

En todo caso, la mayor parte de los profesores del Siglo XXI militaban, aún bajo el franquismo, en diferentes partidos de izquierda y fundamentalmente en el PCE, que era la fuerza absolutamente hegemónica entre la oposición al régimen de Franco. Más aún, las dos personas que más influyeron en mi infancia fueron dos comunistas: Mariano García del Olmo y Jesús Felipe Martínez Sánchez, a los que ya me he referido. Con este último, gran profesor y gran persona, mantendré una deuda de gratitud toda la vida por su apoyo y amistad constante desde entonces hasta su muerte en 2015.

Los métodos pedagógicos del Siglo XXI

Las particularidades del colegio y las vicisitudes que allí vivimos fueron tantísimas que requerirían un libro aparte que quizá algún día publique. Pero bastará con indicar aquí unas cuantas que resulten ilustrativas para hacerse una idea de la línea pedagógica del centro. El colegio basaba su actividad en la realización de trabajos. En cada clase había una pequeña biblioteca de aula y nos dedicábamos en cada área a redactar trabajos sobre diferentes temas. Las clases de Matemáticas eran en los primeros años muy experimentales, pues todo se hacía con objetos. Aprendíamos a sumar, restar o multiplicar con regletas o haciendo manualidades. Aprendíamos fracciones con jarras de agua y botellas de diferentes tamaños. En Ciencias nos llevábamos a clase un corazón de vaca (o unos callos de ternera, o un esófago de pollo) y un bisturí y allí lo diseccionábamos. Todos los trabajos eran, como he dicho, siempre en grupo y cada grupo tenía un responsable.

Las clases eran muy divertidas. Era un colegio al que yo tenía ganas de ir cada mañana. La expresión oral y escrita se cuidaba sobremanera. Yo creo que mejor que las ciencias. Todas las actividades se corregían en voz alta y ante toda la clase, en lo que  llamábamos “puestas en común”. También había una asamblea semanal de unas dos horas en la que tratábamos todos los problemas surgidos durante la semana tanto de convivencia como pedagógicos y preparábamos la semana de trabajo siguiente, repartiendo además las responsabilidades de material y biblioteca entre los compañeros. La Literatura, gracias a Jesús, se convertía en una experiencia divertida y gratificante, pues gran parte del trabajo se basaba en nuestra propia actividad como escritores. Fue él quien publicó mis dos primeros cuentos en un volumen editado por el Ministerio de Educación y titulado La narrativa infantil, donde Jesús explicaba su experiencia pedagógica impartiendo Lengua y literatura en nuestro colegio e ilustrándola con nuestros propios cuentos y dibujos.

Los planes de estudio oficiales no se seguían. Tampoco había filas de pupitres en la clase, sino que trabajábamos sentados en nuestros. grupos o en forma de U. Cuando venía la inspección educativa, se nos avisaba para que ese día fingiéramos que aquello era un colegio normal y no nos retirasen la subvención. Era un colegio pobre y necesitaba de esas subvenciones estatales que nos daba, paradójicamente, el régimen franquista. Las clases eran barracones de obra y pasábamos mucho frío en invierno y mucho calor en verano. En otra cosa el colegio era excepcional. A partir de 3º de EGB a mí no me dieron clase maestros, sino licenciados, lo que considero que fue un privilegio.

El colegio de los comunistas

Pero lo más especial de todo y lo que más me marcó fue la politización del colegio. En el barrio, los otros niños nos decían que íbamos al “colegio de los comunistas” y a veces se burlaban de nosotros porque todo, desde las multiplicaciones a las ecuaciones, lo aprendíamos más tarde y más despacio. Desde muy pequeños, hacíamos trabajos que no eran normales en otros colegios. Yo, por ejemplo, hice en 1974, con Franco vivo, un trabajo que se llamaba “Estructura política de España” o algo parecido, donde trataba de la estructura antidemocrática del régimen. Ese trabajo me lo encomendó otro profesor de Lengua, Jorge Gutiérrez, que nos solía poner en clase canciones de cantautores de la nova canço. A veces cantábamos con él “L’estaca” o “El bandoler”, escuchando las apasionadas grabaciones de aquel inolvidable disco de Lluis Llach en el teatro Olympia de París.

Léstaca Lluis Llach

Nuestro profesor de Música era un cantautor vasco, Fernando Unsain. A mí me encantaban sus clases vespertinas. Una tarde era solfeo y flauta. Y la otra, nos dictaba la vida de algún compositor y oíamos una sinfonía mientras dibujábamos. Así yo escuche en sus clases por primera vez y con profunda y sincera emoción Las cuatro estaciones de Vivaldi, la 6ª Sinfonía de Beethoven, la Sonata al claro de luna de Mozart o la Tocata y fuga en re menor de Bach. Mi favorita era la Pastoral, que para mí fue un descubrimiento impresionante. Era un hombre al que la música clásica le apasionaba y era capaz de transmitir esa pasión. Tengo el recuerdo de la clase húmeda, fría, una tarde de invierno en Madrid y la lluvia fuera. Y nosotros escuchando en silencio la música maravillosa de Beethoven mientras dibujábamos. Pero esta digresión inevitable no debe distraerme de mi objetivo: lo realmente extraordinario fue que en su primera clase, Fernando Unsain trajo un mapa un tanto extraño y lo puso en la pizarra y nos dijo: “Este es el mapa de Euskal Herría.” Y nos hizo apuntar en nuestras hojas, con trazo infantil, los nombres de las siete herrialdes y sus capitales en euskera y español. Así supe que existían nombres como Gasteiz, Donostia, Iruña o Bilbo o que en euskera se escribía con “K” y no se ponía la “U” detrás de la “G” para decir Guernica. Era el otoño de 1973 y yo tenía ocho años. Dos meses después fue el atentado contra Carrero Blanco. Yo a veces pensaba que quizá él fuea simpatizante de los etarras que habían cometido el crimen, porque para entonces ya sabíamos que lo que querían los etarras era la independencia de lo que consideraban su país. También Fernando Unsain nos enseñó el himno minero, “Santa Barbara bendita”, que cantábamos en todas las excursiones ante el asombro de los conductores de los autocares.

Cuando murió Franco, aquel ambiente ya politizado del colegio se hizo  abierto. Se pasó de las catacumbas a la luz. Muchas de las fábricas y empresas que en aquellos días se pusieron en huelga en Madrid elegían precisamente nuestra parroquia para hacer sus encierros. Yo mismo me dirigí por primera vez a unos obreros en los meses finales de 1976, estando en 5º de EGB, cuando Mariano García del Olmo, nuestro tutor y ex sacerdote, nos animó a llevar a aquellos obreros encerrados un mensaje de solidaridad. Mi compañera Maria del Carmen Martinez Novo y yo mismo fuimos los encargados de ir allí. Yo pasé algo de miedo, pero no por hablar en público., algo a lo que estaba muy acostumbrado y me gustaba; sino porque uno de los obreros, un tipo gordo y fuerte, de enormes patillas al estilo de los bandoleros andaluces y barba de dos días, nos dijo: “Chavales: o me dais un beso en la patilla o no salís de aquí.” Mari Carmen se lo dio sin dudar, pero a mí no me hacía mucha gracia, por lo que me hice el remolón e intenté evitarlo con una sonrisa. No coló. El tipo aquel insistió, así que le tuve que dar el beso para escapar de la iglesia.

La muralla. Quilapayún

Para comprender mejor aquella época, hay que tomar conciencia de que entonces en Madrid eran comunes las palizas y los asesinatos contra izquierdistas por parte de las fuerzas de seguridad o de bandas de ultraderecha, la ETA asesinaba a diestro y a siniestro y había un ambiente de enfrentamiento social que poco a poco fue desapareciendo de España (si exceptuamos  Vasconia, donde el fenómeno terrorista lo mantuvo hasta hoy).

Tino Calabuig. Abogados de la democracia.

Nosotros, aunque niños, también vivimos aquel ambiente eléctrico y violento que costó la vida a casi cien personas.. Yo recuerdo perfectamente el dolor de mis profesores, su silencio y sus caras llorosas el día de los atentados de Atocha en 1976 o el día del asesinato del bar San Bao, ya en 1980. Más propiamente, los Guerrilleros de Cristo Rey amenazaban de bomba al colegio con cierta regularidad. A nosotros eso, lejos de darnos miedo, nos gustaba mucho, porque se suspendían las clases y nos íbamos a jugar al fútbol mientras llegaba la Policía y se registraban los barracones-aula, lo que tardaba dos o tres horas. Todos estos datos pueden hacerle una idea al lector de la politización que se vivía en el centro a diario y que era sentida profundamente por los alumnos. Todos nos considerábamos izquierdistas y republicanos antifascistas. Ser del colegio y sentirse del colegio implicaba ser filocomunista. Los niños que no manifestaban interés por la política eran raros y no resultaban populares en la clase. Las mentiras infantiles allí se manifestaban inventándose parientes comunistas, republicanos, fusilados o encarcelados. Que niños de tan solo diez años pudieran sentir así, solo es explicable por la extraordinaria tensión política de la época y por la presión ideológica constante que ejercían los profesores sobre nosotros.

A su vez, la conciencia del carácter extraordinario del colegio se manifestaba en un orgullo elitista y una unidad frente al exterior como yo solo volvería a vivir años más tarde dentro de la organización política. Cuando no hace tantos años leí Nunca me abandones de Ishiguro me identifiqué mucho con los protagonistas de aquella novela, justamente por su soledad endogámica y su carácter de grupúsculo solidario. Nosotros, como ellos, vivíamos en una burbuja aislada de la sociedad.

En este sentido, nos agradaba manifestar a todo el mundo nuestro carácter político y nuestra conciencia de élite. Y así, cuando nos íbamos de excursión, además de cantar las tradicionales “Carrasclás” o “Un flecha en un campamento”, nosotros también cantábamos con tono alegre y fervor revolucionario “No nos moverán”, “La muralla”, “El pueblo unido jamás será vencido” u “O bella ciao”.  Al fin y al cabo, eran las canciones que nos enseñaban los profesores.

Quilapayún. El pueblo unido jamás será vencido.

La invasión progre de 1976

Al morir Franco, el colegio empezó a llenarse de los hijos de destacados militantes del PSOE y, sobre todo, del PCE. Su fama alcanzó a todo Madrid y así, desgraciadamente, la composición de clase del colegio cambió mucho, porque aquellos comunistas recién llegados no eran como nuestros padres (por norma general, personas con estudios básicos y nacidas entre 1936 y 1945 ), sino universitarios de clase media nacidos entre 1945 y 1955; es decir, pertenecían a la generación que se encaramó al poder con el ascenso del PSOE, desplazando antes de tiempo a la generación de nuestros padres. Al colegio llegaron los hijos de destacados comunistas como la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, Juan Francisco Pla (teniente de alcalde con Tierno Galván) y miembros del comité central Héctor Maravall, o destacados socialistas como Miguel Ángel Fernández Ordóñez (gobernador del Banco de España con Zapatero) .También iban los hijos o familiares de mucha gente izquierdista del mundo del espectáculo: la cantante Rosa León, el mago Juan Tamariz, los Cavestany, dueños del famoso pub La Mandrágora, donde se dio a conocer Joaquín Sabina… Se trataba en todos los casos de personas con mucho mayor poder adquisitivo, mayor posición social y estudios superiores, por lo que, de facto, se dieron dos grupos dentro del colegio: los hijos de los trabajadores que vivían en el austero polígono I y S de Moratalaz y los hijos de los progres, que venían de fuera del barrio a conocer nuestro gracioso, divertido y sórdido mundo. La unidad de los comunistas se rompió por el dinero.

Comandante Che Guevara. Víctor Jara

Más detalles que conformarán al lector de la cotidianidad del colegio. Ya en segunda etapa, en la biblioteca de aula, la Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética convivía con la Historia de la guerra civil de Tuñón de Lara. En las clases veíamos El acorazado Potemkim y en la clase de Lengua, con Jorge Gutierrez,  leímos Rebelión en la granja de Orwell (a partir de la que yo hice una breve adaptación teatral), mientras que en música aprendíamos la canción del Che Guevara de Carlos Puebla o A desalambrar.

En todo caso, la importancia de mi colegio en esta historia (que ya se va alargando más de lo necesario) tiene como función dejar constancia de que desde muy niño fui ideologizado desde posiciones de izquierda.

El colegio Montserrat:

Cuando nos íbamos del Siglo XXI, se nos recomendaba entrar en el Colegio Montserrat, un centro cristiano y liberal de la Fundación del Hogar del Empleado. Incluso hasta que llegamos allí los chicos de mi clase (porque al sentir de la dirección del Montserrat fuimos como el caballo de Atila por nuestra intransigencia contestataria) nos juntaban a todos los del Siglo XXI en la misma clase. Y así fue como más de treinta compañeros del colegio de los comunistas desembarcamos unidos en el turno nocturno del Montserrat, el centro de la democracia cristiana. En realidad, tal y como son las cosas en España, comunistas y cristianos, primos hermanos. Y allí estudiaron también todos los progres del Siglo XXI más otros, como los hijos de Felipe González, el asesinado Ernest Lluch, el ministro Julian Campo o los hijos del ministro de Educación José María Maravall. Más modernamente, también estudió allí el líder de Podemos, Pablo Iglesias Turrión, aunque él solo se acuerde de que estudió en la educación pública. Sus razones tendrá. Yo no tengo por qué ocultar nada.

Conforme entraba en la adolescencia, fui radicalizando mis posiciones. Recuerdo que en aquellos días de 1º de BUP, el 6 de diciembre de 1980, segundo aniversario de la Constitución  (con la que yo no estaba de acuerdo, porque consagraba la libertad de empresa y el sistema capitalista) fui invitado por el colegio a una entrevista con el alcalde Tierno Galván en Radio Juventud. Los chicos teníamos que hacerle preguntas al alcalde, que él respondería gentilmente. Ese 6 de diciembre de 1980 todavía coleaba el debate que sobre el marxismo se había producido en el PSOE y yo pregunté a Tierno Galván sobre cómo era posible que un pretendido marxista como él abjurase del marxismo para apoyar la Constitución. La respuesta de Tierno me dejó maravillado por su simplicidad. “Esto (de no optar por la revolución) es como si vas delante de una pastelería y ves un pastel que te gusta mucho (pero sabes que no es tuyo) y para coger ese pastel, tienes que romper el escaparate. Nosotros no hemos querido romper el cristal.” Yo pensé que aquello era una tontería indigna del supuesto talento del alcalde.

Mi primera huelga de estudiantes. Contra la LAU, diciembre de 1980.

Poco antes o poco después, no recuerdo bien, participé, con más miedo que vergüenza, en las movilizaciones contra la Ley de Autonomía Universitaria que, por lo visto, era malísima, aunque yo nunca supe muy bien por qué. Aquella algarada fue organizada en mi instituto (organizada es en verdad un eufemismo)  por los tipos de COU, que eran personas muy mayores. Entre ellos había hombres con barba (lo que a mí me parecía increíble). Esto era así porque tradicionalmente en España los nocturnos eran para jóvenes que compatibilizaban su trabajo con los estudios. El crecimiento demográfico y la carencia de plazas escolares obligó a que niños como nosotros también fuéramos al instituto de 5 a 10 de la noche. En todo caso, aquellos dirigentes estudiantiles eran gentes que había gastado la adolescencia tirando piedras contra los grises nada más morir Franco y que todavía no se resignaban al régimen democrático burgués y mantenían de facto posiciones similares a las que defendieron durante su gloriosa e idealizada lucha contra el franquismo. No sé de qué partido eran. Yo creo que eran trotskistas del PST o de la LCR, pero no estoy seguro. La manifestación era ilegal, los panfletos eran ilegales por no tener pie de imprenta (según decían ellos) y todo parecía como de una película de espías. Yo no entendía por qué viviendo en una democracia aquellos tipos se empeñaban en hacer manifestaciones ilegales. Recuerdo que iban por los centros con una filmación casera donde se demostraba que dos estudiantes, Emilio Martínez Menéndez, de veinte años, y José Luis Montañés Gil, de veintitrés, habían sido asesinados por la Policía hacía un año en una manifestación. El caso es que vinieron unos tipos al centro con una película clandestina y material de propaganda para convocar una manifestación. Creo que uno de ellos era el que luego se hizo famoso Esteban Ibarra, el impulsor de Jóvenes contra la Intolerancia. Según nos explicaron, para homenajearlos había que realizar una manifestación ilegal. Todo me sonaba un tanto extraño: como si aquella ilegalidad fuera buscada por ellos mismos para demostrarse que no había democracia. Seguramente no era así, porque parece un tanto bufo, pero es como yo lo recuerdo.

La manera en que hablaban mis compañeros de cursos superiores durante los días previos (dando a entender que aquello era peligrosísimo y habría que comportarse como héores, arriesgando seriamente la propia vida), me hizo temer por la mía. Era terrible: podía ir a aquella manifestación ilegal y no volver nunca a mi casa. Con trece años, aquello era demasiado para mí. Pegué algunos carteles a sabiendas de que podía ser detenido por pegarlos sin depósito legal.. pero yo, como un héroe, no fui a la manifestación. Afortunadamente, en mi clase se puso ese día un examen, probablemente para restar afluencia a la convocatoria entre los más pequeños del centro. El resultado de la algarada fue el de dos detenidos entre los alumnos del Montserrat para cuya defensa legal realizamos los demás alumnos una colecta.

El golpe del 23-F y la movida posterior

Pocas semanas después de eso, se produjo el golpe de estado del 23-F y tras él, España se dirigió con paso firme hacia el triunfo del PSOE y la posterior estabilidad del sistema democrático. La aplastante victoria socialista en 1982 cambio todo. Ya no había peligro golpista y la vida empezó a verse como un territorio para el disrute y la alegría más que para la lucha y la tristeza. Por eso se acabaron los cantautores, sustituidos por Alaska y los Pegamoides. El alcalde de Madrid alentaba a los jóvenes a estar al loro y colocarse.

Y esa estabilidad consagró el triunfo de la inteligentemente rebautizada por la prensa como Movida  madrileña (hasta ese momento, los periodistas habían llamado a aquellos chicos  los nubabes, babosos o modernos). Era un movimiento de chavales de clases acomodadas (chicos desideologizados y con fuerte carácter hedonista) que financiaron los ayuntamientos del PSOE como forma de encauzar socialmente a los jóvenes que ya no debían mantener la militancia política anti-sistema, sino integrarse alegremente en el sistema social, aunque fuera. a base de cocaína y sexo. Todo lo serio se convirtió en algo negativo y la frivolidad se elevó a diosa de Madrid y norte de toda conducta. Ese fue el truco que empleó el sistema para adormecer y luego domesticar a los últimos resistentes contra el franquismo. Y allí, en ese fango, crecieron y se revolcaron Almodovar, Mc Namara, Radio Futura, Ceesepe,  y tantos otros. Gente de escaso talento, un grupo de impostores que pretendió y quiso hacernos creer que Madrid era la nueva Nueva York y cada uno de ellos eran Andy Warhol.

En realidad era un grupo tan pretencioso como pobre y cutre, pero su hedonismo, irracionalismo y nihilismo sí eran comunes a todos los jóvenes de la época. Y yo, aunque los odiaba, como uno más, también me dejé mecer por aquella orgía que sacudió Madrid. Fueron años de evasión salvaje. Una fiesta continua en la que en ocasiones (demasiadas seguramente) perdimos el contacto con la realidad social (y con cualquier otra realidad) . Aquella fiesta continua se dio entre 1982 y 1986.

Pero en 1986, yo ya estaba harto de drogas y de rock and roll (de sexo no, porque en España eso era y es simple mentira que dice todo el mundo ante los encuestadores). Había probado casi todo lo que había que probar; me había corrido las juergas más salvajes de mi vida, me había asomado a la cárcel y a la muerte en alguna ocasión y, con dieciocho años, me sentía viejo y cansado de las calles.

La universidad y mi radicalización. Años 1985-1986.

Al llegar a la Autónoma me puse a estudiar Filología con cierta pasión, a leer obras de literatura medieval en castellano antiguo y a querer ser escritor (aunque sin poner ninguna energía en la tarea). Mi nihilismo no era una pose y me afectaba a mí mismo. Verdaderamente no creía en nada y  verdaderamente tampoco creía en mí mismo. Esa era la verdad adolescente que todavía me tenía paralizado.

Y fue así, muy poco a poco, como volví a la conciencia social. La adolescencia radicaliza y exagera las posturas ante la realidad y la vida. Lo anormal es que un adolescente sea moderado. Yo, por eso mismo, comprendo perfectamente a aquellos jóvenes, hijos de padres de derechas, que en su crisis adolescente se hacen de extrema derecha. Que un adolescente extreme sus posiciones es normal. Si su sustrato familiar es de derechas, de adolescente se hará de extrema derecha y si su base familiar es de izquierdas, el chico se hará de extrema izquierda. Es un proceso absolutamente lógico y yo incluso diría que es una prueba de un crecimiento sano de ese ser humano vivo y en evolución. Por ello, veo lógico que alguien formado en el comunismo cristiano como yo, al llegar a la adolescencia extremará sus posiciones y acabase en el ultraizquierdismo.

Y ese proceso de radicalización cristalizó efectivamente en la campaña por el referéndum de la OTAN, en la primavera de 1986.

Una mañana de primavera reconocí en mi Facultad de Filosofía y Letras la menuda y nerviosa figura de Juan Ignacio Ramos, viejo conocido de mi infancia y adolescencia. Ese encuentro marca el final de este capítulo y el inicio de uno nuevo de esta historia.

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